Notas


Escribiré aquí mis pensamientos sin orden, así nomás, ad vultum tuum. Concedería demasiada importancia a mi tema si lo tratara con orden, puesto que pretendo mostrar que es incapaz de orden.

La verdadera elocuencia se burla de la elocuencia; la verdadera moral se burla de la moral; la verdadera poesía se burla de la poesía.

El espíritu y el sentir se ensucian a causa del conversar. Hablar confunde el espíritu, el sentir. Mejor hablar poco, o silenciar. No digo nada y espero, espero, espero. Llegado el momento, hablo: “Se me hizo tarde”.

Si se engola, lo bajo de un hondazo; si se humilla, le doro la píldora; y siempre, siempre lo contradigo, hasta que comprenda las necedades que dice.

Todas las falsas bellezas que criticamos tienen admiradores, y numerosos. Dondequiera que miremos, ahí están: un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete falsas bellezas.

Al ver la ceguera y la miseria del hombre, al mirar todo el universo mudo y al hombre embrutecido por la razón, abandonado a sus necios pensamientos y como perdido en este rincón del universo, sin saber quién lo ha puesto aquí, qué ha venido a hacer, qué será de él al morir, etc., me aterrorizo como un niño que hubiera sido llevado mientras dormía a un habitáculo tenebroso y que se despertara sin saber dónde está y sin medios para salir de ahí. Y entonces asómbrome de lo mal que andamos.

El Eclesiastés muestra que el hombre sin Dios está en la ignorancia total y en una desdicha inevitable. En efecto, es una desdicha desear y no poder alcanzar, rozar con los dedos lo que se quisiera manosear y estrujar. Pues bien, el hombre sin Dios quiere ser feliz y estar seguro de alguna verdad. Duda de todo, el ateo, carece de fe. Habita desde siempre la noche de los tiempos. No ve nada.

Cosa estúpida y digna de mofa: que haya hombres en el mundo que, después de haber renunciado a todas las leyes de Dios y de la naturaleza, hayan elaborado ellos mismos leyes ridículas a las cuales se someten. Ejemplos: los comerciantes, los militares, los abogados, los escritores… ¡los filósofos! Su ambición carece de fronteras: pretenden invadirlo todo, son voraces, temibles. Han matado lo más justo, lo más santo.

Qué poco hacen los hombres para ver un poco más, un poco más. ¡Qué poco! Nada hacen. Números sí hacen en cambio, leen los periódicos, compran casas, autos, celulares, computadoras portátiles, copulan, beben, endróganse, se van de vacaciones, de parrillada. ¡Linda manera de recibir la vida y la muerte!

El misterio de Jesús podría resumirse así: 1) Jesús busca consuelo en sus tres amigos más amados, pero ellos duermen a pata suelta. 2) Jesús les ruega soportar un poco con él, pero no lo escuchan, siguen durmiendo con feroz egoísmo. 3) Jesús está solo en la tierra, los amigos lo olvidaron. 4) Jesús está en un jardín, no de delicias, como el de Adán, donde se perdió todo el género humano, sino de suplicios. 5) Jesús sufre esa pena y ese abandono en el horror de la noche. 6) Jesús busca compañía y consuelo en los hombres, en cualquiera. Pero nadie lo recibe: ¡todos duermen! 8) Jesús, a poco de entregarse totalmente, al hallar a todos dormidos, siente enojo, raro en él. Y dice: “Pronto está el espíritu, pero débil es la carne”. 9) Jesús vuelve con sus amigos, pero al encontrarlos de nuevo dormidos, ya no se enoja, se resigna y los bendice: In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…”. 10) Jesús teme la muerte; pero habiéndola conocido, va a su encuentro y se le ofrece: “Llevame si querés, vamos”. 11) Jesús en la angustia. 12) Jesús se entrega al Padre.

Dijo Jesús: “Los médicos no te curarán, o mejor dicho: te curarán, pero al final igual morirás. Sólo yo curo de verdad, para siempre. Si estás en mí, si me habitas, no morirás, haceme caso”.

¡Cómo detesto a los que presumen de dudadores de los milagros! Montaigne habla de los milagros en dos pasajes. En uno, se muestra sabio, ¡pero en el otro se burla de los que creen que Cristo caminó realmente por encima de las aguas, curó a los leprosos, hizo vino con agua, resucitó a Lázaro, etc.! ¡Qué pelotudo, por Dios!

¡Qué ridículos somos al sentirnos bien en la sociedad de nuestros semejantes! Desdichados como nosotros, necios como nosotros, ignorantes como nosotros, ¿cómo podrían nuestros semejantes ayudarnos? Cada uno morirá solo. Entonces, hay que vivir en consecuencia, dejar de pavear. ¿Se construirían entonces lujosos palacios, existiría el oro cotizando en bolsa? No. ¿Las siliconas, la cirugía estética? Tampoco. Se buscaría la verdad, sin vacilar.

Un consejo: vive más allá del río, cerca de ti mismo, contemplando la obra de Dios.

¡Bienaventurados aquellos que buscan suprimir la idolatría de la faz de la tierra!

No es éste el país de la verdad, en absoluto. No lo es: la verdad yerra desconocida entre los hombres, como un leproso al que todos le rajan.

¿Hay que matar a los impíos para que exista la piedad?

Nada temo, nada espero, sin rumbo voy, me chupa todo un huevo. Los filósofos no son así. Los gramáticos de Port-Royal están muertos de miedo. Yo no. No temo vuestras censuras, vuestro odio, vuestros celos. Pero díganme, a ver, en qué voy mal, eh. Les costará trabajo hacerlo, están muy lejos.

Personas sin palabra, sin fe, sin honor, sin verdad, de doble corazón, de doble lengua, semejantes al vampiro que, por la noche, la sed lo hace emerger del sarcófago. Enemigos de Dios.

La literatura, ¡qué vanidad!

Desde la infancia, al hombre se lo carga con una pesada valija: honor, carrera, fortuna, hijos, amigos. Se lo aplasta: hay que aprender lenguas y tareas, gestos y actitudes, etc. Se le dice: “Sin salud, sin familia, sin honor, sin fortuna, sin amigos, estás muerto, kaput, no existís”. Se le encomiendan cargos y funciones que él detesta. Desde el amanecer, atareado. Insomnio, etc. ¡Extraña manera de ser feliz! Sí. ¿Qué podría hacer? Bastaría tirar todo a la zanja y empezar de cero. Pero no: porque de ese modo se preguntaría quién es y encontraría esta verdad: soy nadie. Y nadie quiere ser nadie. El corazón del hombre: ¡qué vacío y lleno de inmundicia!

Evidentemente, el hombre está hecho para pensar; en esto reside toda su dignidad y todo su mérito como criatura de Dios; y todo su deber consiste en pensar como es debido, en cosas importantes, no en huevadas. Empezando por uno: pensar en uno, ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿qué hago acá?, ¿para qué viene al mundo?, etc. En cambio, ¿en qué piensa el hombre, eh? En minas, en fútbol, en guita, ¡en libros! ¿Y la mujer? Igual, igual pero al revés. Así nos va.

No nos contentamos con la vida que nos ha tocado en suerte: queremos vivir la vida de los otros, una vida imaginaria, y para ello nos esforzamos en parecer a alguien que no somos. Querer ser. He ahí nuestro mayor problema. Penamos incesantemente por embellecer nuestro ser imaginario, el que no somos, y descuidamos el verdadero, el que está ahí. ¡Mi Dios! ¡Qué pobreza de espíritu!

Los estoicos dicen: “Busca dentro de ti mismo. Allí vas a encontrar el reposo”. Esto no es verdad. Los que buscan demasiado dentro de sí mismos terminan mirándose mucho el ombligo y se vuelven egoístas, y con egoísmo no hay reposo, lo sabe todo el mundo. Los que no son estoicos dicen: “Sal afuera: busca la dicha en la diversión”. Esto tampoco es verdad. Afuera están las enfermedades. Demasiada joda te termina pudriendo. El reposo verdadero no está ni fuera ni dentro de nosotros, está en Dios, y Dios está en todas partes.

“Esta piedra es mía”, decía un niño, “yo la encontré”. “¡No! ¡Es mía!”, gritaba otro, arrancándosela de las manos. “Yo la vi primero.” Así empezaron los males del hombre.

En lugar de quejarse de que Dios se haya ocultado tanto, ¿por qué no le agradecen en cambio que no se haya mostrado tanto? ¿Por qué no le agradecen que no se haya descubierto a los sabios arrogantes, indignos de conocer a un Dios tan santo, etc.? ¿Eh? ¿Por qué?

La razón debería reconocer de una vez por todas que hay una infinidad de cosas que la superan, que viven más allá de lo razonable. Un mundo siempre nuevo existe más allá de la razón, sólo hace falta estirar la mano para poder tocarlo. Si no reconoce esto, la razón es estúpida, idiota, una debilidad. ¡Oh, seres idiotizados por la razón! ¿Cuándo dejarán de molestarme?

Objeción de los ateos: “¡Pero nosotros no tenemos luz alguna!”. Entonces, que se jodan. Y sí: porque ellos no tienen luz porque no quieren, no porque no puedan tenerla. Cualquiera puede tener un poco de luz. Pero ellos aman la oscuridad, las tinieblas.

¿Por qué una virgen no puede dar a luz? ¿Acaso una gallina no pone huevos sin haber sido fecundada por un gallo? ¿Qué distingue exteriormente a los huevos sin galladura de los que encierran el embrión del futuro polluelo? ¿Y quién nos asegura que la gallina no pueda formar, ella sola, ese embrión sin la ayuda del gallo? ¿Eh?

¡Conozcan por lo menos la religión que combaten, ignorantes! Si esta religión se jactara de tener una noción clara de Dios, se la podría combatir diciendo que no hay nada en el mundo que lo muestre con evidencia. Pero, puesto que ella dice, por el contrario, que los hombres están en la oscuridad y se regocijan en ella, y que Dios se ha escondido de ellos, reservándose sólo para aquellos que lo buscan con todo su corazón, los argumentos de sus retractores se vuelven ridículos. Estudien un poco, bestias.

Siguiendo a Cristo, habría que comenzar por compadecer a los incrédulos; ya bastante desdichados son por su condición. No creer es la peor de las desgracias. No habría que injuriarlos, entonces, sino cuando de esa incredulidad hacen vana ostentación.

Olvidarse de la muerte es morir.

¿Estoy solo contra mis treinta mil enemigos? De ningún modo, Dios me guía, ilumina mi senda. Salames: quédense con la hipocresía, con la vanidad, con el éxito, con el miedo, con la codicia, con la envidia, con el pecado: se los regalo. Yo me quedo con la verdad. Y a la mierda.

Cojito


Si Cojito es, en el mundo, un hombre con defecto, el lugar de lo empíricotrascendental –de él, el suyo– es una suerte de figura equivocada que la vida ha hecho posible. Cojito no puede darse en la transparencia inmediata y soberana, y por lo tanto no puede residir, digamos, en lo estable: lo sigue el pozo. Nunca llegará, Cojito, a una conciencia de lo feliz propio. ¿Por qué? Porque su manera de andar se funda siempre en otra dimensión: la del cojo. Indefinidamente caminó, Cojito, reflexionando sobre el hecho de bascular, de ir basculando. Era él el que iba ahí. Por eso va de una mitad de sí mismo a la otra.
Cojito meditabundo. Medita, Cojito, piensa, piensa mucho mientras lo acuna el vaivén. De la pura aprehensión al caminar pasó en un momento de su vida al odio a su obstrucción empírica. Odiarse, eso fue lo que empezó a hacer Cojito. Odiar el amontonamiento sin ley de los volúmenes del cuerpo, el derrumbamiento (muchas veces se ha caído, Cojito), la lentitud. La tierra a la que se dirige Cojito no es un campo verdolaga sino un desierto amarillento en el que piensa que –¡al fin!– pensar en su cojera será cosa del pasado. Ilusionarse es bien de Cojito, porque lo empíricotrascendental de Cojito es el hecho mismo de sentirse desde siempre mala copia. Reflexiona en lo que considera importante: sus limitaciones para desenvolverse en la llamada “praxis social”. No encuentra su punto, su eje. Debido a que Cojito piensa, su especificidad no puede ser nunca bella. O digna. Algo bueno. O justo. No.
El hombre se llama incesantemente al conocimiento de sí, y eso Cojito lo sabe, lo tiene bien claro. Y así hace lo propio: se larga a conocerse. Y a medida que se conoce, a medida que se va adentrando en su interior, Cojito más temeroso se vuelve. ¿Cómo hago para no sentirme menos que el normal de los hombres? ¿Cómo hago para dejar de pensar y pensar en que cojeo y cojeo y en que no voy a dejar de pensar, ¡nunca!, en mi discapacidad? Hombre pensar en lo que no piensa, piensa Cojito, ilusionándose una vez más. Milagrosamente, así, robándole palabras al tiempo, se divierte Cojito. No es común en él. Por lo general, no se divierte, pero por un instante habita de esta manera la casa del normal, la casa de los que, a diferencia de él, se divierten y ríen a menudo.
¿Es terco, Cojito? Sí, porque metido de lleno en sí mismo, no ve lo que pasa afuera, y entonces se empecina en él, se repliega, y de a poco va muriendo. ¿Cómo es que el normal puede estar en la vida sin pensar en su límite y yo, en cambio, estoy, sí, en la vida, pero pensando constantemente en aquello que me escinde de los otros? Teje una malla de sinsabores, Cojito. Todo el día. Pulsaciones de cojo. Ombligo del cojo. Eso inunda su experiencia. La abate. ¿De dónde viene ese rigor tan extraño? ¿Quién se lo inculcó? ¿Cómo aprender a hablar un idioma que no existe? ¡Quimera! Miles de años así. Porque desde que el mundo es mundo han existido los cojos. Castigo que duerme en las palabras, en las hechuras que tejen los mortales. Centellean las palabras en la mente de Cojito. Se siente expulsado. Desde el principio del juego, aprendiendo a respirar. Para alojar la palabra del otro, la palabra del normal. Y su pensamiento, animado, lo castiga. Una parcela de innumerables posibilidades que nunca será suya. Un lenguaje que no podrá habitar, digan lo que digan.
El hombre: he ahí la maldición de Cojito. Pensar en el hombre, en sus falsos semejantes. El pensamiento contemporáneo no hace otra cosa que reavivar los temas que preocupan a Cojito. ¿Cuándo comenzaron el error, la ilusión, el sueño y la locura? Derivaciones del pensamiento. Consecuencias, piensa Cojito. Los otros: el lugar de posibilidad de todas las experiencias que por siempre le serán vedadas. El fin de los sueños, de los anhelos realizados. ¿Una evidencia irrecusable? Más o menos. Porque Cojito es moderno, se sabe diferente pero a veces da batalla. No soy uno de ustedes, se dice Cojito, pero soy. ¿Qué? ¿Un error? Sí, puede ser, pero el espíritu se le ilumina a Cojito y ve salidas. No felicidad, pero grietas. Resquicios en los que meter la nariz. A fin de respirar. Por unas horas asume el peligro, el riesgo que corre. En cualquier momento puede volver a encontrarse con los otros, y chocar, así, con la imagen de anormal que los otros despiadadamente le embuten.
Por más moderno que sea Cojito, a veces cae, ya lo dijimos. Y sufre. Más que los demás. Eso es lo que piensa Cojito en este mismo instante. Cojito está solo, así se siente. “Soy un inútil, no sirvo para nada”, y esta sentencia se le afirma, hace quiste. Amar, ser amado, reproducirse: no son cosas para él, para Cojito. Una exterioridad inflexible, intransitable. Su ser entero vuelve a las caídas. Ahora es nuevamente una nervadura marchita por la que la gracia lenta se le escurre. Este movimiento doble de Cojito explica por qué el “yo pienso” le arruina el “yo soy”. De hecho, es así. Y no sólo es así sino que, a más pensamiento, menos ser tiene Cojito. Ser feliz, entendámonos. Ser en la felicidad. Cojito vive en una eterna duermevela. Truncado en su cuerpo. Y en su espíritu. Porque Cojito entra a perderse: ¿puede decir, Cojito, que este trabajo diario llamado “vida” va hacia algún lado? ¿Hacia dónde? ¿Puede decir que esta vida que lo envuelve es vida verdadera, que el tiempo que pasa consigo mismo Cojito es tiempo verdadero, eh? No, no puede. Desde su nacimiento, o desde el momento en que adquirió su cojera, Cojito encarna como nadie una serie pesante de interrogaciones: ¿qué soy, qué debo ser, yo, solo con mi pensamiento de cojo? Quisiera no pensar, salir, dejar de ser esto que soy: cojo y pensante, cojo por pensante. El pensamiento pestañea, lo nutre a Cojito. La apertura de Cojito, abrirse, para reinar soberanamente sobre él mismo y las cosas del mundo, es imposible. ¡Siempre Cojito! El pensamiento del no-ser. Vivir dentro de sí mismo, encadenado a su pensamiento. Piensa Cojito, y así existe: encarcelado. La cojera de Cojito. Kant, Hume, Husserl, ¿lo ayudan a Cojito? ¡Qué lo van a ayudar! Lo sumergen cada vez más en su vocación más profunda: pensarse cojo. ¡Maldito pensamiento, que lo encorva y lo encorva, que lo mete cada vez más en sí mismo, en la cárcel que lo abruma! Su propia historia, su pasado, qué mierda. ¿Puede el pensamiento escapar a sí mismo? Pobre Cojito. Una interrogación múltiple y proliferante en torno al ser. Todo al pedo. Y encima se va para cualquier lado y se engancha con cosas que pasaron en el siglo diecinueve, ¡e incluso en el dieciocho! ¡A quién le importa! No a él, evidentemente. Lee. ¡Y cómo! Busca. ¡Pero nunca encuentra! Y si encuentra, nunca encuentra lo que busca: la plenitud de la vida, del ser. Ser completo, sin cojera. Y así Cojito es hombre viejo, cansado, siempre cansado.
No conoce el silencio, Cojito. Siempre hablándose. Por eso, la fenomenología –incluso si se esboza primero a través del antipsicologismo– no podrá trazar en él nunca ningún puente, porque a los fenómenos no puede domeñarlos, Cojito. Establece, así, con ellos, una relación insidiosa, de cercanía, sí, pero al mismo tiempo, de irremisible ajenidad. Una relación en la que se ahogan los análisis empíricos del hombre, Cojito incluido. De las preguntas a la pregunta ontológica fundamental: ¿qué hago acá? Ésa fue la trayectoria de Cojito, su gran logro. Hay que imaginar, pues, su sufrimiento. Bajo nuestra mirada, su proyecto de vida no cesa de fracasar. Tal vez en su próxima vida Cojito pueda realizar su ser, pero en ésta seguro que no, eso es garantido.
Una ontología de la cosa esperada (siempre cojo) que lo pone fuera de juego. La primacía del “pienso, luego Cojito soy”. La relación entre el hombre y la cosa esperada o, más exactamente, encarnar un defecto, como un emblema. No poder nunca darse allí. Una reflexión que nunca, por más que Cojito insista, podrá ingresar en su conciencia: los mecanismos oscuros, las determinaciones sin rostro, el vagar incierto por los páramos. Cojito sabe, en cambio, qué es lo que le espera: la burla de los otros. No hay forma de disimular ese paisaje que llueve en su alma. ¡Ahí va Cojito! Porque Cojito se ve, resalta, llama la atención, enseguida está en los ojos de todos. ¡Qué odio el de Cojito para con ese viejísimo flagelo que surge de las sombras, de sus mismísimas sombras! Un odio mayor que el que siente por su cojera.
Así, los formularios de lo inesperado no son para ser llenados por Cojito. No hay la recompensa que brinda lo desconocido. Siempre en el conocimiento positivo del hombre. La cosa inesperada es un imposible gnoseológico para Cojito. Una falsa episteme. Cojito en los márgenes, carpiendo su propia parcela, una parte de la noche, un espesor aparentemente inerte en el que se consume como una gasa en el fuego. No nacido especialmente para él, claro, pero sí para albergarlo en la comunidad de los distintos. La playa oscura que Cojito interpreta, una región abisal, los confines de la naturaleza del hombre. No es para tanto, se dice Cojito a menudo, pero atado sigue y ahí va. Insistente, sin haber meditado nunca de manera autónoma: siempre atado a su cojera, nunca yendo más allá (o más acá). Hegel, Marx, Althusser… Espejismos. Una compañía inagotable, miles de estantes. Que el hombre bla, bla, bla, que el hombre bla, bla, bla, que el hombre bla, bla, bla. ¡Las verdades del hombre! Cojito compra, compra y compra.
La importancia del papel del pensamiento, su poder, lo acercará cada vez más a las costas de sí mismo en su defecto. Desenajenen a Cojito. Queremos un Cojito reconciliado con su propio ser. Un Cojito al que se le haya decorrido el velo de lo inesperado, al que se le pueda enseñar a escuchar. Un Cojito absorto en su silencio, ¿por qué no?
Ellos, los otros, crearon los imperativos que obsesionan a Cojito. Pequeño no poder vivir como grande (normal). La política, los humanismos, los deberes, la pura y simple conciencia de estar obligado, por siempre, a ser un ciudadano de segunda categoría. La historia oficial. Y así Cojito pierde el temple, desvaría, confunde el bien con el mal. Últimamente Cojito anda en ésa: se ha vuelto cínico, dice que ama su cojera, que la necesita, que sin su cojera no podría vivir, que se sentiría cojo sin cojera. Cojito dice haber dado la vuelta. Pero ¿tomó conciencia realmente, Cojito?, ¿elucidó el infinito de la cosa silenciosa, restauró el poema olvidado, indagó en el origen, reanimó lo inerte, lo prohibido, los anhelos más profundos? ¡Qué va! A decir verdad, Cojito está cada vez peor, hay que mirarlo en su relación con los poderes terrenales. Pura especulación, especulando con lo que sea, ésa es su acción, su día a día. Porque Cojito, que adscribe a sabiendas al pensamiento moderno, está sin moral, no hay moral posible para Cojito. El pensamiento, se dice Cojito, ya no tiene morada, no hay que deberle nada a nadie, bien/mal, qué me importa, dale que va, así Cojito piensa y arma, ahora sin saberlo, sus teorías, las teorías de Cojito, que son para cagarse de risa. Cojito cree que rompe, que disocia, que disloca. Pero no: anuda, anuda y anuda una y otra vez la soga que lo ahorca. Enumera puntos de una serie: Sade, Nietzsche, Artaud, Bataille… ¡Y con eso cree que alcanza! Cojito no se da cuenta de que ahora gira en círculos, de que salió de una caja para meterse en un ropero. En su simplicidad profunda –Cojito en el fondo es simple–, se dice y se dice que el pensamiento le da, a él, algo que no tiene: motricidad regular. Sin elección, Cojito. Con la ideología, con el sujeto, con las palabras y las cosas. Su importancia involuntaria reside en señalar con el dedo la manera moderna de ser del pensamiento. El límite, la línea que Cojito no podrá atravesar, ¡jamás!, porque una vez del otro lado, solo, sin amigos, debería al fin reconocer las ilusiones que, por siglos, lo han alimentado.


Metacrítica


Separar el Dasein, la existencia, es lo que lo lleva a Husserl a cortar relaciones con el absolutismo lógico, una doctrina de mucha mayor trascendencia que aquella de una simple variedad de interpretación de la lógica formal. Husserl. Husserl dice que los axiomas lógicos elevados a las proposiciones ofrecen en sí el modelo de las entidades puras, libre de hechos y fundamentos y descripciones ligeras. La concepción husserliana de lo formal, de lo mismo, es la misma que la de sus discípulos, ésa que marcó un a priori en la concepción de toda verdad, también aquélla de los apóstatas, la de la tesis del ser preordenado a toda sociedad. El movimiento del concepto llevó allende los Prolegómenos, porque las formas vacías del pensamiento no pueden ser aisladas de éste, separadas como miembros no pertenecientes a un todo, que, para la teoría tradicional del conocimiento, podríamos llamar “preguntas importantes”. Por eso, la validez de los comienzos lógicos era ya refutada incluso antes de Husserl: la llamada “doctrina dialéctica”. Todo muy cómico, sí. La extraordinaria eficacia de su teorema, algo muy especial en el comienzo, se explica sólo gracias a lo que anteriormente se exprimía enfáticamente (y ahora no). La conciencia de una relación o vínculo de todas las cosas es por demás inquietante, insostenible, algo imposible de madurar (o masticar). Por vez primera, desde la decadencia de la filosofía, la lucha filosófica contra el psicologismo testimonia la insuficiencia del individuo como apoyo legítimo de la verdad. Pero el antiindividualismo no llama la atención, es una huevada. La prioridad de todo con respecto al individuo es lo que se reconoce como la “desintegración” del propio individuo. Parece complicado pero no lo es. Al sustraérsele a éste –el individuo– el sonido que estructura toda la participación en la legitimación de la verdad, la lógica enajenada de toda realidad termina oponiéndose caprichosamente a su nulidad real. Lejos del razonamiento crítico-cultural, Husserl crea un pensamiento impresionante en el que se mezclan el derrotismo del individuo impotente ante el sufrimiento que provoca no poder desentrañar su situación monadológica. Así, los Prolegómenos hicieron las veces de sismógrafo histórico porque decían cómo se encontraba la mayoría de la gente ante este tema. Unen, los Prolegómenos, largamente, este maldito presentimiento de que la propia individualidad sería apariencia, nada, vacío, una ficción engendrada por la ley que se esconde en ella misma, enroscada como una vulgar culebra, repugnante, justamente porque esta ley, en efecto, degrada al individuo a la apariencia. El concepto de la esencia (Wesen) de Husserl lanza centelleos de una feroz ambigüedad. La pureza fenomenológica, alérgica a todo contacto físico, se nos presenta entonces ante los ojos como una ornamentación floral, un ikebana. “Esencia” era la palabra favorita de los nuevos artistas, el alma tísica llena de esplendores metafísicos, que surge únicamente de la nada, de darle la espalda a la existencia. Las entidades husserlianas son reflejos fantasmagóricos de una subjetividad que espera apagarse en ellas como una hornalla a la que se le gira la perilla. Su “sentido” más subjetivo es su fundamento, así como el más exaltado es el énfasis de su objetividad. Parece complicado pero no lo es. Mórbidamente vamos poniendo las cosas una al lado de la otra, evocamos desesperadamente el pensamiento de lo no-existente. ¿Qué es lo no-existente? El esfuerzo de la filosofía de Husserl es un esfuerzo en esa dirección: desentrañar lo no-existente (así como lo existente). La negación abstracta del subjetivismo es prisionera de su medio de influencia, y participa de ella la debilidad que se esfuerza en destruir. La fenomenología flota en una región brumosa. La alegoría preferida de esos años era la que componían las hijas de las nubes, de la tierra, de la lluvia, etc. Nadie ahí entre el asunto y el objeto: el embustero –fata morgana!– lograba la conciliación, el abrazo, incluso el coito. Filosóficamente, la esfera en la que estas pálidas formas femeninas, floridas e incorpóreas, se reflejan no es la esfera de espejitos de los boliches bailables. El incomodar –la mueca subjetiva frente a alguna cosa cuyo contenido nos desborda– es, sin embargo, un acto subjetivo, propio, no de otros. Por eso, la doctrina ontológica de Husserl, extensión del motivo absolutístico de la gnoseología y la metafísica, se alía con la doctrina de nuestras malas intenciones. Es buenísimo que así suceda, ya que ellas desplazan de este modo el procedimiento que había hecho surgir, ¡como por arte de magia!, el absolutismo lógico, que es terrible y dificilísimo de neutralizar. Gracias a estas dos doctrinas hermanadas, “lo pensado” (todas las boludeces que “pensamos” a lo largo de la vida) se atomiza en “actos” individuales, “experiencias” (Erlebnisse). Parece complicado pero no lo es. A través de “lo pensado”, que se desdobla en innumerables experiencias pasadas y futuras, la filosofía se descarrila y se estrella contra sí misma. Se hace mierda. ¡Adiós al mundo “óntico” de la maldita filosofía! ¡Adiós!, ¡adiós! El individuo que se desagrega, que se parte, que se fractura, es sólo la totalidad de las experiencias puntuales infladas a más no poder, un sucedáneo de la experiencia verdadera. No es la experiencia real. Esto hay que entenderlo. A ver: la experiencia aparente, eje de la uniformidad de la vida cosificada, se compone de instantes dispersos en el mundo fenomenológico de las apariencias, no-cumplimientos, caducos y consagrados a la muerte, sin sentido metafísico ni nada, ilusiones totales, mentiras y más mentiras, mentiras por donde mires. De esa falta de realidad se burlaba el poeta Viggo Mortensen: “No puede ser lo que no puede ser”. Impecable manera de decirlo. Lo dejó bien claro. Esa frase es el modelo histórico de la idea husserliana del universal que se ofrece a una intención singular, cualquiera sea: levantarse temprano, lavarse los dientes, tomar mate, alcanzar el colectivo, etc.
En los Prolegómenos, sin embargo, nos encontramos todavía en un terreno viejo. “Las verdades se dividen en simples y generales.” ¡Qué novedad!… Dice Husserl que lo individual y lo fáctico se equiparan sin más. (¡Todavía no sabía que son dos cosas bien distintas!) No se presupone alguna cosa independientemente de una esencia que atañe a su existencia. La entrega sólo es posible gracias a la abolición de la doctrina de los actos intencionales, que considera la misión –porque al fin de cuentas se trata de una misión, no hay que olvidarse– de entregarse a experiencias aisladas y no a la experiencia toda, en su totalidad. Hay que borronear, porque si no, si nos dejamos llevar por las ganas de comunicar, si cedemos a esa tentación estúpida de la comunicación, chau, cagamos. En cambio, si nos anclamos aquí y ahora, en el instante presente, podemos pronunciar “irrazonablemente” el nombre universal (Meinen), diferente, claro, del nombre individual de cada uno: Andrés, Matilde, Leonor, etc. Esta diferencia entre un nombre y otro puede verse muy bien en el contenido descriptivo de la experiencia aislada, en el cumplimiento actual e individual de la afirmación general. En la experiencia que se mezcla con otras experiencias, esta diferencia no se ve tan bien. Pero si la aislamos, sí se ve. Y de manera muy clara. Parece complicado pero no lo es. La calidad del acto, según esté referido, el acto, a algo universal o individual, varía mucho, no tiene nada que ver una experiencia con la otra, son casi opuestas. (Pero a veces no, ¡he ahí la paradoja!) A Husserl todo esto le importa un pito, no intenta dilucidar estas cuestiones. Es más: ni siquiera las indaga. El tipo va por otro lado. Sin embargo, a partir de la diferencia lógica de los objetos, supo dilucidar la verdad de la milanesa. Fue él, Husserl, el que supo establecer todos los matices de la oposición “hay que demostrarlo”/“no hay que demostrarlo”. Esta oposición aparentemente estúpida condujo a muchos errores en el pasado. Fueron muchos los que intentaron –¡pobres idiotas!– deducir dogmáticamente diferencias absolutas entre una experiencia y otra. Diferencias lógicas de los sujetos (que el sujeto piense mucho o poco, mal o bien, etc.) no sirven para ver este asunto con claridad, y Husserl, que era un cráneo impresionante, se dio cuenta de eso, lo vio antes que nadie. Fijando una separación natural entre una cosa perteneciente a algo universal o a algo individual, lo universal y lo individual se encontrarían radicalmente separados. ¡Y no es así! En el fondo se tocan, se rozan, dialogan, porque la experiencia universal y la experiencia individual son lo mismo, es hora de que eso nos entre. Pero todavía hay que desmenuzar la diversidad de estas dos clases de experiencias, cosa que parece complicada pero no lo es.
Empero, la descripción que hace Husserl sobre su experiencia efectiva contradice su programa fenomenológico. ¿En qué quedamos? Husserl, como buen fenomenólogo que era, desconfiaba mucho de las construcciones teóricas, burdos rudimentos de la psicología asociativa atomística. Así que: lo mismo, sí, pero experimentado singularmente. De eso se trata: de experimentar singularmente y no pluralmente, porque si experimentamos pluralmente terminamos creyendo que lo que le pasó al otro nos pasó a nosotros. ¡El sentido no existe! No hay nada que entender. Nada. Virtud del no-pensamiento. El pensamiento observándose a sí mismo puede darse cuenta de esto. Cuando el pensamiento se observa, el sentido desaparece. ¿Husserl lo sabía? Excelente pregunta. No lo sabemos. Por momentos Husserl se nos escurre. En los recuerdos que una persona guarda en su cerebro entran en juego factores de vital importancia como la relación del recordador con su objeto, la llamada “función identificante”: “esto yo lo viví”, etc. El hecho de que un recuerdo pertenezca a un individuo y no a otro, ya sea de forma disgregada o articulado en secuencias como en un film, nos define como seres humanos recordantes. Describir la relación que hay entre el recuerdo y el individuo en el cual ese recuerdo mora sería cometer un acto temerario, medio loco, porque esas relaciones siempre son muy enrevesadas.
Para Husserl, las materias del conocimiento son caóticas. La realidad es caótica, la vida también. El lenguaje es caótico. Todo es caótico. Y tiene razón. Luego la conciencia ordena –a la conciencia, como se sabe, le gusta esto; es más: ésa es su función: para que la “pantalla” no se descomponga en miles y miles de pedacitos–, pone las cosas en su lugar: esto acá, esto allá, etc. Así, la percepción es la construcción actualizada del presente (la muerte del presente), el uso de los sentidos para transformar el caos del mundo en una linealidad organizada y sin estridencias. ¡El triste oficio de los seres humanos! El acto (o la cosa) “sugiere” el sentido del acto (o de la cosa). Y así nos va. ¡La certeza de lo dado por la mente! ¡Y la necesidad de transparencia! ¡Siempre! La transparencia. Qué tedio, por Dios. ¿Y quién es Husserl, finalmente? Un desesperado, un pobre tipo. Había que decirlo. Alguien que busca desesperadamente cuajar esta mediación. ¿Y lo logra? Imposible saberlo. Si nos guiamos por sus escritos, no. Pero si miramos una fotografía de él podemos sospechar, a través de sus ojos, cierta satisfacción, cierto orgullo vinculable, ¿por qué no?, a una bella victoria. Orgullo del que ha, al menos momentáneamente, alcanzado una meta largamente acariciada.
Pego un salto para empezar a cerrar. Eternamente en litigio, Husserl. Sí, porque a la larga refuta el propio concepto de lo absoluto. ¡Y ahí se pierde! La anticuada filosofía de la conciencia. El maldito “pensamiento”. Su función objetiva. ¡Los filósofos del ser! ¡Ay! ¡Cuestiones de identidad, de pertenencia! ¡Ja, ja! ¿Qué identidad? ¿Qué sujeto? ¿De qué me hablan? Pero. Siempre hay un pero. El idealismo no es, sin embargo, la no-verdad. Es la verdad en su no-verdad. Demos vuelta el tapiz. ¿Y qué encontramos? De todo, para todos los gustos. Porque el idealismo es tan necesario en su origen como en su caducidad. Está y no está. Sirve y no. ¡Una forma monadológica! El individuo, al saber de sí mismo, comprende. Y empieza a ver. ¿Qué? ¡Pues la verdadera realidad de este mundo falso! Mundo en el que los hombres son marmotas sin remedio y en el que cada cosa está alienada por la mirada que le adosan los marmotas. O sea: mundo espurio, mentiroso. ¡Mundo podrido! No hay más que eso. Imposible, pues, hablar de una eidética, porque no la hay. ¿De leyes universales, “esenciales”? Menos que menos. ¿El είδος trascendental de Husserl se realiza en la mónada? Imposible, olvidemos eso. ¿Y nosotros? ¿Qué hay de nuestras mónadas? Pocas veces en la historia de la humanidad el límite que separa apariencia y realidad ha sido tan impreciso. Salir de ahí. Sí: parece complicado pero no lo es. Que la conciencia, al fin, se domine a sí misma, que gobierne de una vez por todas, ¡por favor!, sobre ese maldito “ser” que la viene estrangulando desde el origen de la filosofía. ¡Miserias de la razón!

Dos


EL TEÓLOGO CATEQUISTA.– Recientemente, nosotros, usted y yo, estuvimos conversando de lo lindo sobre la inmortalidad del alma y la necesidad de un Ser que gobierne al mundo. Tenemos por delante la espinosísima cuestión de la justicia de Dios, ya que siempre se le objeta a Dios el desorden en el que mantiene las cosas de este mundo y del otro. Especiosa objeción. Deseo ante todo que organice usted con cuidado los elementos de esta cuestión, para que, cuando yo les aporte la luz de las verdades reveladas, los espíritus ignorantes sean alcanzados.
EL FILÓSOFO CATECÚMENO.– Acepto. Empiece a interrogar, lance la bola.
TEÓLOGO.– Vayamos a los bifes de entrada. ¿Usted cree que Dios es justo?
FILÓSOFO.– No sólo lo creo, lo sé.
TEÓLOGO.– ¿Lo sabe?
FILÓSOFO.– Lo sé, sí.
TEÓLOGO.– Y ¿qué entiende por “Dios”?
FILÓSOFO.– Aquel que todo lo sabe, que todo lo puede.
TEÓLOGO.– ¿Y cree que es justo, Dios?
FILÓSOFO.– Sí, absolutamente.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “ser justo”?
FILÓSOFO.– Ser justo es amar a todos los hombres.
TEÓLOGO.– ¡Vaya!… ¿Hombres, mujeres…?
FILÓSOFO.– A todos, sin distinción.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “amar”?
FILÓSOFO.– Amar es deleitarse en la felicidad del otro.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es “deleitarse”?
FILÓSOFO.– Deleitarse es sentir la armonía.
TEÓLOGO.– ¿Y qué es la “armonía”?
FILÓSOFO.– ¿Me está tomando el pelo?
TEÓLOGO.– Para nada. Escarbo nomás para ahondar en verdades.
FILÓSOFO.– La armonía es la semejanza en la variedad.
TEÓLOGO.– Qué lindo eso. Podríamos decir, pues, que Dios, como es justo, ama a todas sus criaturas.
FILÓSOFO.– Así es, ciertamente, ciertamente.
TEÓLOGO.– Pero usted, que sabe tanto, debe saber que muchos niegan eso.
FILÓSOFO.– Sí. Muchos lo niegan. Pero no me importa.
TEÓLOGO.– ¿Y cuál es su argumento, entonces?
 FILÓSOFO.– Veamos… Hemos concedido que Dios es omnisciente…
TEÓLOGO.– Exacto.
 FILÓSOFO.– ¡Que no hay armonía si no hay conciencia de la armonía!…
TEÓLOGO.– Bien.
FILÓSOFO.– ¡Que toda felicidad es armónica! O bella.
TEÓLOGO. – ¿Y?
FILÓSOFO.– ¡Que la felicidad no pertenece más que a los espíritus! ¿Me sigue?
TEÓLOGO.– Más o menos. ¿Usted quiere decir que nadie es feliz si no sabe que lo es? ¿Un gato, por ejemplo, no podría ser feliz? ¿Y un niño?
FILÓSOFO.– O fortunatos nimiun, bona si sua norint!
TEÓLOGO.– ¿O sea que ser feliz no es más que sentir armonía?
FILÓSOFO.– La felicidad es el estado del espíritu más armónico posible. La naturaleza del espíritu es pensar; de ahí podemos deducir que la armonía del espíritu consistirá, pues, en pensar la armonía. Y la máxima armonía o felicidad del espíritu consistirá en pensar la armonía universal, es decir, a Dios. Pensar a Dios: he ahí la mayor felicidad.
TEÓLOGO.– Magnífico. Empiezo a entender. Con un mismo argumento queda demostrado que la felicidad del espíritu y la contemplación de Dios no son más que una sola cosa
FILÓSOFO.– Se aventura demasiado.
TEÓLOGO.– ¿No es así?
FILÓSOFO.– Es así y no es así.
TEÓLOGO.– ¡Cómo se divierte complicándome las cosas!
FILÓSOFO.– No se las complico. Simplemente afino la puntería de este diálogo. Para que no nos perdamos. Razonemos rectamente.
TEÓLOGO.– Sea. Pero ahora tiene que demostrarme por qué Dios ama a todos.
FILÓSOFO.– Délo por hecho. Si toda la felicidad es armónica –como lo he demostrado–, si toda armonía es conocida por Dios –según la definición de Dios–, y si todo sentimiento de armonía es felicidad –según la definición de felicidad–, podemos deducir entonces que toda felicidad es agradable a Dios, vale decir, que a Dios le gusta que los hombres seamos felices. Luego, Dios –según la definición de amor– ama a todo el mundo, y por consiguiente –según de definición de justo–, Dios es justo con todos los hombres.
TEÓLOGO.– Clarísimo. Impresionante. Poco le falta para que le diga que casi lo ha demostrado. Les mete, así, la tapa a aquellos que han negado la universalidad de la gracia.
FILÓSOFO.– No cantemos victoria. Cautela. Tanteemos. No cometamos el error de menospreciar al enemigo. Cuando ellos dicen que Dios ama sólo a los elegidos, están sugiriendo que Él ama a unos y odia a otros. Y eso no es así. Dios no odia. Dios simplemente ama menos. A todos ama Dios, pero a unos da menos amor por razones que sólo Él conoce. En cuanto a la cuestión de por qué sucede esto, por qué Dios ama más a unos que a otros, no es éste el lugar de desentrañarla.
TEÓLOGO.– Sería bueno que encarara ahora, de la misma amena manera con la que ha venido tratando los tópicos precedentes, las dificultades que se levantan de allí, ¿no?
FILÓSOFO.– ¿Dificultades?
TEÓLOGO.– Sí. Escuche. Si Dios disfruta de la felicidad de todos, ¿por qué no ha hecho felices a todos? Si ama a todos, ¿cómo es que condena a un gran número de ellos? Si es justo, ¿cómo es que se muestra a tal punto falto de equidad como para fabricar con la misma materia, con el mismo barro, vasos ordinarios por un lado y delicados por otro? ¿Y cómo no es Él el primer responsable de que los hombres pequen, si habiendo sido capaz de eliminar el pecado de la faz de la tierra, conscientemente lo admitió o toleró? ¿Eh? A ver, responda si puede.
FILÓSOFO.– Me abruma con el número y el peso de las dificultades que me plantea. Me puso en jaque.
TEÓLOGO.– Exacto. Lo quiero ver ahora.
FILÓSOFO.– Vayamos por partes. A ver, desmenuce.
TEÓLOGO.– Bien. No hay nada que se realice sin razón. ¿Estamos de acuerdo?
FILÓSOFO.– Hasta tal punto estoy de acuerdo, que se podría afirmar que no hay cosa en el mundo a la que no sea posible asignarle una razón. El que niegue esto no entiende nada, está en las nubes.
TEÓLOGO.– No tengo nada que oponerle a esta demostración. Excelente. Porque todos los hombres, cuando perciben alguna cosa, enseguida preguntan por el “porqué” de la cosa. Y una vez que descubren el porqué de esa cosa, si andan con ganas de perder un poco el tiempo, se preguntan por el porqué del porqué primero. Y así siguen, cual filósofos, siguiendo una larga cadena de porqués, hasta llegar al primer porqué, el porqué primigenio de la cosa. ¡Así avanza el hombre con su pensamiento!
FILÓSOFO.– Exactamente. E incluso más: es necesario que sea de este modo. De lo contrario, el edificio de la ciencia se vendría abajo. Nada tiene lugar sin razón. ¡Nada! ¿Cómo resolveríamos los teoremas de aritmética, de geometría, de física y de moral, por más simples que éstos sean, sin la ayuda de la razón? La prueba de la existencia de Dios se apoya exclusivamente en esta verdad, en esta conclusión.
TEÓLOGO.– Entonces, concedamos: no hay nada que pueda descubrirse sin razón.
FILÓSOFO.– No es una concesión decir esto.
TEÓLOGO.– Está bien. Pero ¿qué hay de todas las dificultades que surgen al afirmar una verdad de esa índole? Pongamos por caso: Judas fue condenado.
FILÓSOFO.– ¿Y?
TEÓLOGO.– ¿No hubo razón en eso?
FILÓSOFO.– No haga que repita. ¿No lo hemos dicho recién?
TEÓLOGO.– ¿Y en qué consistía?
FILÓSOFO.– ¿Qué cosa?
TEÓLOGO.– La razón de su condena, ¿cuál fue?
FILÓSOFO.– El odio. La disposición de espíritu en la cual murió: el odio contra Dios. Murió como un necio, un desesperado, odiando. Y ese odio es suficiente para mandar a cualquiera a las llamas del averno. El odio contra Dios, contra el ser dotado de la suprema felicidad, está indisolublemente ligado al dolor, ya que el odio no es otra cosa que sufrir por la felicidad en la que vive el otro a quien se odia. Eso es miseria asegurada, condenación, crujir de dientes. En el momento de la muerte, el alma, cuando abandona el cuerpo, no está ya más abierta a nuevas sensaciones externas, se apoya, ¡sin remedio!, en sus últimos pensamientos, y si esos pensamientos abrevan en el charco del odio, entonces la cosa se complica y corremos el riesgo de perdernos para siempre.
TEÓLOGO.– Pero ¿de dónde viene el odio contra Dios, eh?
FILÓSOFO.– De creer que Dios, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, nos odia especialmente, con dedicación.
TEÓLOGO.– ¿Y por qué el condenado cree que Dios lo odia?
FILÓSOFO.– Qué sé yo, por muchas razones. Por considerarse infeliz y creer que Dios está detrás de su desdicha. Por considerarse feo y creer que Dios está detrás de su fealdad. Por considerarse estúpido y creer que Dios está detrás de su estupidez.
TEÓLOGO.– ¿Y no es así?
FILÓSOFO.– Veo que no cejan sus intentos de chicanearme.
TEÓLOGO.– Es que tengo muchas dudas.
FILÓSOFO.– Tanto va el cántaro a la fuente…
TEÓLOGO.– ¡Se sirve de metáforas!
FILÓSOFO.– De metáforas, no. ¡De la belleza!
TEÓLOGO.– No dé más vueltas. Haga caer el velo de una buena vez.
FILÓSOFO.– Ya cayó. ¿No se percató?
TEÓLOGO.– No. ¿Cuándo fue? ¿En qué momento? ¡Repita! ¡Por favor!
FILÓSOFO.– Okay. ¿Se ha olvidado, acaso, de lo que le dije cuándo usted me indagó sobre la condenación de Judas? Resumo. Usted me preguntó cuál era la razón de su condenación. Yo le respondí: el estado de espíritu en que se encontraba cuando murió, el odio contra Dios. De hecho, en el momento de la muerte, el alma…
TEÓLOGO.– Saltéese eso. Me acuerdo. ¿Y?
FILÓSOFO.– El alma entonces abandona el cuerpo, el alma ya no se abre a las nuevas sensaciones externas…
TEÓLOGO.– ¿Está sordo? Le dije que pasara por alto todo eso.
FILÓSOFO.– ¡Es que si no recapitulo pierdo el hilo! Estamos razonando. ¡No se olvide de que argumentamos adecuándonos a un método!
TEÓLOGO.– Sea.
FILÓSOFO.– El alma, le decía, en el momento de abandonar el cuerpo se agarra fatalmente a sus últimos pensamientos, y si estos pensamientos son de odio, y más de odio contra Dios, entonces no hay escapatoria: derecho al infierno nos vamos. Ese odio trae dolor, el dolor más alto, porque la felicidad de Dios por la cual el condenado sufre es la más alta, la más elevada.
TEÓLOGO.– Ahora sí. Pero le hago una pregunta.
FILÓSOFO.– Dos.
TEÓLOGO.– Usted dice que, del mismo modo que la desgracia crece perpetuamente, también así crece la felicidad, que no es otra cosa que visión del ser divino. No entiendo, entonces, cómo la visión de Dios podría crecer, ya que si es visión de Dios, es perfecta, y si es perfecta, no puede crecer. ¿Estoy errado?
FILÓSOFO.– Un poco. Su mayor problema es la manera en que formula las preguntas. Se complica al divino botón. ¿Qué me quiere preguntar exactamente? Sea preciso.
TEÓLOGO.– Es que ya me perdí. Discúlpeme. Tanto razonar con usted me ha hecho perder el motivo de mi reciente curiosidad. Ya no sé qué preguntarle.
FILÓSOFO.– Pues bien. No pregunte nada, entonces. Mejor así. Vayamos cerrando el asunto. Me está picando el bagre y a mi cuerpo le vendría bien un sustento. ¡No sólo de filosofía vive el hombre!
TEÓLOGO.– No sólo de filosofía, no, por supuesto. Adhiero a su propuesta. Tengo el espíritu embotado. También mi cuerpo reclama su alimento.
FILÓSOFO.– Para terminar, hago un pedido: que no se me juzgue de antemano. ¡No sean necios! Pues espero, si soy leído atentamente, llevar a todos mis posibles detractores a reconocer que estoy en lo cierto, que digo verdad. Teófilo, amigo, lo único que busco es hacer más clara la armonía entre la fe y la razón, y más evidente la locura de todos aquellos que, o bien hinchados de ciencia, menosprecian la religión, o bien, orgullosos de la revelación ofrecida, odian la filosofía.
TEÓLOGO.– Alabo su modestia. Muchos frutos he recogido de lo que hemos conversado. Estoy muy contento de haber recibido de usted los elementos con qué cerrarles el pico a aquellos que, haciendo gala de una imprudencia suprema, no respetan ni las Sagradas Escrituras ni el ejemplo de los Santos Padres, y que están llenos de razones estúpidas, como usted ha demostrado con incomparable claridad. Tiempo vendrá –¡lo auguro!– en que tendremos en usted un instrumento para desentrañar las más grandes oscuridades, a fin de que, una vez que nos hayamos adentrado en los meollos más ásperos de la fe, todas las tinieblas y todos los espectros de las dificultades más enrevesadas sean expulsados cual gargajos, como en virtud de un exorcismo. Listo. Ahora sí: ¡a comer!

Parole


1. A veces me dan ganas de abismarme. Sufro (por el otro). Me vienen unas ganas terribles de suicidarme, de quitarme la vida, de no estar más acá, en el mundo, no soporto tanto sufrimiento. Una idea, una idea limpia, así, un poco loca. Pero no hago nada. En lugar de pegarme un tiro o de cortarme las venas, me sirvo un whisky. Después otro. Y así, de a poco, me voy emborrachando. El sufrimiento persiste, pero borroneado, más lejos, allá. Mi conciencia ya no es (sólo) deseo no saciado: estar, no sólo con el otro, sino en el otro, bajo su piel, morándolo. Ebrio, me siento mejor. Me hago una paja y me voy a dormir.

2. Fuera del coitus, hay ese abrazo con el otro que es simple encantamiento de estar así: abrazados y nada más que abrazados. Tenue voluptuosidad, digamos, el retorno a la madre, al abrazo materno, al perfume de mamá, etc. Abrazo incestuoso, actualizado ahora en el otro. Una bella gestión de deseos abolidos: ese abrazo no carnal es todo lo que necesito en este momento. Durante un instante soy feliz. Pero no, me engaño, ay. Lo genital surge inevitablemente: me excito. El adulto voluptuoso le gana la partida al niño inocente. Soy dos: quiero abrazo tierno pero también besos y mordiscones salvajes. ¡El poder irresistible de la carne!

3. De golpe, en la figura del otro percibo una falla, un defecto, un error. ¡Nunca imaginé que me podía pasar con ese otro, que tan perfecto era! Pero sí: me pasa. El otro pasa, así, a pertenecer a otra raza: a la de los simples mortales. Ya no es más mi dios, sino uno más, un ser cualquiera. ¿Qué pasó? Ni idea. Lo que sí sé es que ahora escucho ripios, síncopas que salpican la bella melodía del otro. Como la gallina, a la que sacan de la hipnosis con un chasquido de dedos, estoy ahora fuera del hechizo (apenado).

4. Vuelvo solo a casa. El otro se quedó en la fiesta y me dijo que venía más tarde. No bien giro la llave de la puerta de entrada, la angustia me agarra del cogote. Celos, inquietud, ansiedad. Me lavo los dientes, me desvisto, me sirvo un whisky y me meto en la cama. Me tomo un somnífero. Para matar el tiempo hasta que se me cierren los ojos, me pongo a leer la última atrapante novela de Sergio Chejfec. No alcanzo a leer un párrafo cuando escucho a los vecinos. En menos de un minuto ya están en pleno coitus. Me distraigo. Y me empiezo a excitar. Me olvido de los celos, de la inquietud, de la ansiedad, de todo. ¡Y me hago la paja! ¡Otra vez!

5. Ya que soy culpable (de todo), me voy a castigar, voy a maltratar mi cuerpo con un atado de ortigas, con un rebenque, con un palo, lo que tenga más a mano. Me entregaré, además, al estudio de la filosofía. Llenaré cuadernos con notas estúpidas. Me levantaré temprano para salir a caminar, cuando todavía es de noche, como un sonámbulo. Un día, cansado ya de todo esto, me retiraré a las montañas, me haré una cueva en las rocas, y allí haré morada, con mis trapos y mis libros. Hablaré con los pájaros, con las serpientes, con las alimañas. El sol será mi hermano. Volveré a nacer como un santo verdadero. Eso haré, sí. A la mierda.

6. Hay dos tipos de desesperaciones: la sabia (“te amo desesperadamente, pero no voy a matarme por vos, no soy idiota”) y la ignorante (un día, después de algún incidente cualquiera, me encierro en mi casa y, asfixiado de dolor, llorando a moco tendido, rompo todo: adornos, lámparas, cortinas, libros, etc.). Veo, como en un relámpago, la desesperación estúpida en la que estoy embarcado. Ay de mí: vivo una debacle, un naufragio. El otro es una piedra atada en el tobillo. Me ahogo. Me digo: “¡¡Qué triste me siento!!”.

7. Me consume esta contradicción: por un lado, creo conocer al otro mejor que nadie, creo saber todo del otro, y grito: “¡Yo te conozco ¡Sé cómo sos! ¡¡A mí no me engañás!!”; pero por otro, por momentos no tengo idea de quién es el otro; el otro se me vuelve impenetrable, inaprensible, opaco; no puedo leerlo como leo los libros que componen mi abultada biblioteca. El otro es un enigma, un desconocido. ¿Quién cuernos es el otro? Fracaso al intentar responder a esta pregunta; el otro me agota, estoy agotado por culpa del otro, me voy a la cama con el otro y copulamos sin importarnos verdaderamente quién es el otro.

8. Estoy en un bar. Espero al otro, pero el otro está retrasado, no llega, miro y miro el reloj, me empiezo a alterar. No puedo leer el libro que llevé para parecer interesante ante el otro. Me zambullo en la angustia de la espera. “¿No habrá habido un malentendido sobre la hora o el lugar? ¿Qué hago? ¿Lo llamo?” Pero salí sin celular, me lo olvidé, salí apurado de casa. “¿Voy a un locutorio? ¿Le habrá pasado algo? ¿Y si el otro llega cuando salgo a llamarlo?” Después me enojo. Puteo al otro: “¡Qué impuntual de mierda!”. Odio a los impuntuales. Pero enseguida el enojo da paso a otra emoción más liviana pero no por eso menos dañina: el desencanto. (comprendo) que el otro no va a venir, me dejó de farol, es un hecho. Pago el café que me tomé mientras esperaba al otro y me voy. La tristeza, carajo, una vez más.

9. El demonio es plural (su nombre es legión, está en la Biblia). Cuando logramos neutralizar a un demonio, cuando al fin logro hacerlo callar, hay otro guacho de estos demonios que levanta la cabeza y se pone a hablarme, a decirme cosas: vos deberías, él no te conviene, llamalo y decile, etc. La vida demoníaca del enamorado (yo) se parece a la superficie de una solfatara: cuando una burbuja estalla, hay otra que se infla y así. Es interminable, no se acaba nunca, uno vive esclavizado a las matrices misteriosas que dan vida a estas burbujas de mierda: “desesperación”, “celos”, “incompatibilidad”, “deseo”, “miedo de perder la dignidad”. La burbujas hacen plop, se suceden, se pasan el testigo. Y me devastan.

10. El bartoleo amoroso tiene, sí, aspectos hilarantes. Es un sainete poblado de ingredientes cómicos. Una ópera bufa. El Holandés Errante da vueltas por el océano en busca de la amada fiel. Yo, al igual que el Holandés, deambulo en pos de la felicidad eterna otorgada por la fidelidad del otro amado. No paro de dar vueltas: desde los tiempos de la infancia profunda yerro sin parar, me inmolo frente al altar del dios de la Imaginación. Soy pura fantasía, pura contradicción. Grito “¡Te amo!” a los cuatro vientos para ver si alguien sale a mi encuentro. Un otro amado fiel. Siempre alguien aparece. Un palo donde rascarse, un hueso que roer. Pero la felicidad no dura: a la larga o a la corta terminan engañándome. Siempre. Vuelta a deambular, y así. La comedia retorna (eternamente).

11. Por un lado, no digo nada, y por otro, digo demasiado: imposible un acuerdo. Voy de la concisión del haiku al despliegue de una sarta de trivialidades. Oscilo. Por momentos soy un genio, y por otros, nadie. La escritura me deja afuera, es indiferente a mis reclamos, al yo –estúpido– que quiere guiarla, darle cauce. El amor está ligado a esto. El amor y la escritura se parecen, son ejercicios afines: no soy yo el que lleva las riendas. Voy en su corriente como un pedazo de madera podrida, hundiéndome y no.

12. El sátiro dice: quiero que mi deseo sea inmediatamente satisfecho. Ya. Si veo una carita que duerme, una boca entreabierta, un pecho semidescubierto, quiero echarme encima. Este sátiro quiere todo ya –¡ahora!–, no puede esperar, no lo tolera. Es la figura opuesta a la del languideciente. El que languidece –yo– no hace más que esperar. Puede pasarse días esperando una migaja, un piquito, una mirada, un llamado, etc. El destino del languideciente es lo patético.

13. Para poder interrogar al destino es necesaria una pregunta alternativa –¿me quiere?/¿no me quiere?– y una fuerza exterior que marque uno de los puntos de la variación. ¡Siempre la misma pregunta! ¿Seré amado? Esta pregunta es alternativa: todo o nada, no hay grises. A veces la angustia es tan fuerte, tan punzante, que impera hacer algo, moverse. ¿Hacia dónde? Hacia donde el otro se encuentra. ¿Para qué? Para preguntar: ¿me vas a amar algún día o dejo de perder el tiempo con vos? El otro, mudo, se hace el otario. No dice nada, me evade, se esconde en una nube. La angustia sigue.

14. La mayoría de las veces estoy en la oscuridad total, no veo nada, un sorete. Desconozco mi deseo, no lo puedo ver. Nada. Nulo. ¡Tinieblas! Pero también a veces hay otra noche: solo, caviloso pero calmo, pienso en el otro con cierta displicencia, con algo de distancia. Veo la situación como es. ¡Como es realmente! Suspendo toda interpretación, dejo de dar vueltas. Durante unos minutos abandono mi cárcel, soy feliz. Milagro. Pero vuelvo y reingreso en la noche del tormento. El deseo continúa vibrando. No me doy por vencido, sin embargo. Hago un esfuerzo y vuelvo a salir. ¡Estoy afuera! ¡En la noche apacible! Pero vuelvo a caer, tarde o temprano vuelvo a caer.

15. Imaginemos la siguiente escena. He estado llorando por algo que el otro me ha hecho, voluntariamente o no. (Llorar, como se sabe, es una de las actividades más importantes del cuerpo enamorado.) Se me nota en la cara. Me pongo anteojos ahumados para que el otro no se dé cuenta de que he estado llorando por él. (Me oscurezco la vista para no ser visto.) Quiero apropiarme de ese plus moral que brinda el estoicismo. Pero al mismo tiempo quiero que el otro me pregunte qué me pasa, que me preste atención, ¡que me dé bola! ¡Quiero que me mimen, carajo! (¿Es mucho pedir?) Haciendo esto, arriesgo: es muy posible que el otro pase de largo ante mis anteojos ahumados, que ni siquiera me mire, que siga en la suya, hiriéndome aún más. Pero sin embargo no dejo de propiciar ese teatro, soy así.

16. Una suposición imposible: sentir al otro como él se siente a sí mismo. Así, si el otro se encuentra aborrecible, nosotros también lo aborrecemos. Si se ama, lo amamos. Si el otro sufre alucinaciones, si se vuelve loco, nosotros también alucinamos, nos volvemos locos. Ahora bien, sabemos que esto no puede suceder: me conmuevo, me angustio, ya que es muy feo ver sufrir a la gente que se ama, pero al mismo tiempo me importa un pito. Mi identificación con el otro es imperfecta: soy una Madre (me preocupo por el otro), pero una Madre egoísta (me preocupo a medias). Porque lo que sucede es esto: cuando me acerco al sufrimiento del otro, cuando comienzo a identificarme con lo que le está sucediendo al otro, lo que veo es que esa desdicha no tiene que ver conmigo, nada que ver. ¡¿Cómo es eso?! ¡El otro es desdichado sin mí! ¡¡Y con eso me abandona!! Me siento abandonado.

17. Sócrates: “Me he emperifollado para ir a casa de un bello mozuelo”. Yo también: me baño, me lavo los dientes, me acicalo y pongo linda ropa para ir a la casa de mi amado (el otro). Quiero parecerme a él porque él anda siempre limpio y bien vestido. Hago eso para que no deje de amarme. Lo imito, intento adecuarme a su imagen, licuarme en el otro. Es más, en mi locura amorosa, quiero ser el otro. ¡Y quiero que él sea yo! Encerrados en el mismo cuerpo, en la misma bolsa: así quiero estar con el otro, así vivir hasta la muerte, así, siempre así, ser una y la misma cosa con el otro: no importa qué, cualquier cosa, lo que sea. ¡No me importa ser cualquier cosa con tal de ser uno con el otro! Mi despropósito –obvio– termina humillándome, disgregándome, me convierte en un ser irreal, en un estúpido fantasma.

18. Una creencia muy arraigada: que los enamorados están locos. Qué locos ni ocho cuartos. ¿Se imaginan a un loco enamorado? Imposible de imaginar. La locura del enamorado no es tal. Es pobre, ridícula, una mera metáfora: el amor me vuelve casi loco, pero no llego a estar del todo loco porque si lo estuviera podría pasar al otro lado de la pared (y no puedo, me golpeo la cabeza una y otra vez). No hay nada sagrado en esta pseudolocura del enamorado (yo). Mi locura es invisible, demasiado humana, ridícula. Está domesticada totalmente por la maldita cultura: no da miedo (como se sabe, nada proveniente de la cultura da miedo). No obstante, el amor puede traer, en los aficionados al pensamiento, algún desequilibrio: el aterrado control freak amigo de la razón y de los libros toma conciencia de que la locura está ahí, a dos pasos, la roza con la punta de los dedos. Bastaría muy poco –muy poco– para entrar en la zozobra.

19. Interpreto un papel: voy a llorar. Pongo un cd de música triste, el Adagio de Albinoni, verbigracia, me planto ante un espejo, evoco y comienzo. Brotan las primeras lágrimas. Soy el único actor de la comedia. Al verme llorar, me doy manija, y más lloro: muchas lágrimas ruedan por mi cara. Lágrimas y lagrimones. Si el llanto decrece, evoco momentos en los que me vi expulsado de la dicha. Mi espíritu es doble, dialogo, voy de réplica en réplica. Interpreto una payada: me hablo, me respondo, me hablo, me respondo, y así. “Disfruto” con esta mezcla de llanto y palabras. Al final, un tercero que mora en algún lugar perdido de mi espíritu me da un par de cachetadas y rompe el hechizo: “¿Qué hacés, tarado?”. Y empiezo a reír, no puedo parar.

20. “¡Sangre, Yago, sangre!” Los celos, como se sabe, son uno de los peores venenos. Porque un hombre cornudo es un monstruo y una bestia. Eso lo dijo el vate inmortal William Shakespeare. Así que sufro por lo celos que el otro me produce. Cuatro veces sufro. 1) Por estar celoso; 2) Porque me reprocho estar celoso (tener celos es una idiotez, todo el mundo lo sabe, pero no puedo evitarlo); 3) Porque temo que mis celos hagan enojar al otro y el otro decida abandonarme porque no hay peor cosa que un otro con celos, es intolerable; 4) Porque dejo que los malditos celos me capturen y me someto así a un quimera absurda. Es decir: sufro porque creo que el otro me mete los cuernos, porque me siento culpable de sentir algo que no debería sentir, porque tengo miedo de espantar al otro con mi delirio y, por último, porque soy débil y ordinario.

21. Sufriré por lo tanto con el otro, pero sin exagerar, vigilándome, poniendo coto a mis desplantes. A esta conducta afectiva y controlada, a la vez sabia y amorosa, podríamos llamarla así: delicadeza. Voy a ser civilizado, sano, pulcro. Eso me digo y me repito a la mañana cuando me miro al espejo. No voy a dejar que los demonios hagan conmigo lo que a ellos se les cante. No. No me extraviaré. Y si me extravío, si no puedo evitar caer en la desdicha a la que el otro, directa o indirectamente, me conduce, seré delicado. Me pondré, como Mercurio, alitas en los pies y apenas tocaré el suelo. Sobrevolaré las miserias del amor… ¡¡Iluso!!

22. ¿Qué es el amor? No tengo la menor idea. Me gustaría saber lo que es, pero cuando estoy en el ojo de la tormenta (en el centro del amor), nada veo, pura oscuridad, nada, y al amor así no puedo definirlo, qué voy a poder. Reflexiono, sí, pero la reflexión es engullida siempre por el torrente de imágenes que, perturbando mi entendimiento, la atraviesan. No hay reflexividad: estoy a miles de kilómetros de la lógica, no pienso bien. No puedo ser, como me gustaría, un filósofo del amor. Y sí. ¿Cómo voy a descubrir lo que es el amor si la esencia del amor, cualquiera sea, es la que precisamente me impide pensarlo como a mí me gustaría (con palabras justas, bellas, etc.)? Estoy atrapado en la jaula del amor, no puedo pensarlo, soy un simio enamorado. Si logro agarrarlo, lo haré por la cola, como a una lagartija. Destellos, fragmentos. ¡Vanidad de la palabra!

23. La resistencia de la madera varía según la dirección en que se hunda el clavo: la madera no es isótropa. Yo tampoco soy isótropo: según cómo me claven varío la resistencia. Además de mis “puntos gatillo”, tengo mis “puntos delicados”. El mapa de esos puntos sólo yo lo conozco. Me guío por ese mapa, evitando las heridas que el otro –¡quién si no!– podría infligirme. Desearía que este mapa sentimental pudiera ser distribuido a todos mis nuevos conocidos: para que no me jodan y lastimen sin darse cuenta. Porque soy frágil, sensible.

24. Aunque todo esto no sea más que un polvo de figuras que se agitan según un orden imprevisible a la manera de las trayectorias de una mosca en una habitación, puedo asignarle al amor, al menos retrospectivamente, un sentido. Por más que el sentido del amor sea, así, en el presente, un sinsentido, a la larga algo termina dibujándose. Sí: no hay nada en él que puede capturarse (hoy y para siempre), pero así y todo quedan en algún lado, aunque cada día más cercanas a una bruma, citas, conversaciones, llamadas telefónicas, cartas, peleas, escapadas de fin de semana, etc. Materia de relatos amorosos: ficciones de la vida con el otro.

25. Desde que soy un niño, la misma inversión: lo que para el mundo es objetivo, verdadero, irrefutable, para mí es ilusorio, falso, impostado, y lo que para el mundo es locura, error o desatino, para mí es verdad, experiencia verdadera. Siempre con esto. La verdad del desajuste, de lo que escapa a las gramáticas del tiempo (lo vetusto). Nada de ornamentación, algo bien primitivo. Para hacerme fuerte en la verdad de los desacuerdos, me obstino, así. Sigo, me afirmo en el error infinitamente, estoico, contra viento y marea.

Melancolía


Y ya que estamos, ¿nos podrías explicar un poquito qué entendés por melancolía?
–Te lo explico ya mismo. Mirá, efectivamente, el término es escurridizo. Cubre realidades muy diferentes, múltiples. Para la psiquiatría, es una dolencia grave que se manifiesta por una lentificación psíquica, ideatoria y motora, por una extinción del gusto por la vida, del deseo y de la palabra, por el cese de toda actividad y por la atracción irresistible de querer de dejar de existir, de suicidarse de cualquier manera, como sea, con veneno, por ejemplo, o autoasfixiarse con una almohada, o cortarse las venas con un tramontina, qué sé yo, cualquier cosa. Por otra parte, existe una forma más suave de este abatimiento llamado melancolía, cuando alterna con el jolgorio, con la jarana, con el pum para arriba, y después viene el bajón, el quedarse durante días en casa mirando la basura que te regala la tele, ensuciando las sábanas, el pelo grasiento, olor a chivo, mal aliento, eso. Lo que comúnmente llamamos “depresión”. Los psicoanalistas suelen tener que vérselas muy a menudo con la depresión. Para el sentido común, para la doxa, la melancolía bajo esta forma depresiva sería un “padecimiento del alma”, un spleen no baudelaireano, cero literario, un estado que hay que superar cuanto antes y no demorarse en él (dentro de las posibilidades, claro, porque es sabido que cuando te agarra la depresión te hace nido en todas las células). Por último, tenemos la melancolía bajo la forma de una suerte de nostalgia, digamos, del infierno perdido, de esos momentos en que el alma toca fondo y maldice el cuerpo que la acoge, cuyos ecos impregnan el arte y la literatura, una enfermedad que inventaron los románticos, muy bella, por cierto, pero sólo para los artistas, para los demás no, para los demás es espantosa, una cagada.
–¿En cuál de estos tres terrenos te sentís más cómoda?
–Mirá, donde me siento a mis anchas es en el terreno de la melancolía clínica, por supuesto. Es la melancolía que más me gusta. Soy una observadora psiquiátrica melancólica, y por ese motivo estoy muy atenta a la herencia de Freud, de Abraham, de Klein. En “Duelo y melancolía” (1917), Freud parangona melancolía y duelo. La pérdida irremediable del objeto amado, la imposibilidad de sobrellevar esta pérdida, etc. Con estas elucubraciones, Freud encara ya la segunda parte de su monumental obra, que cuajará totalmente en “Más allá del principio del placer” (1920): sí, sí, el placer domina la vida psíquica, estamos de acuerdo, ¡pero es la muerte la que conduce la pulsión! A no confundirse. Muchos colegas rechazan esto, pero sus argumentos son insostenibles. Eros y Thanatos: unión y desunión, lazos y desintegración de esos lazos.
–Desintegración de lazos. ¿Eso es lo que vos llamás “melancólico-depresivo”?
–Exactamente, exactamente, muy bien. Porque una vez aclaradas las diferencias entre melancolía y depresión, bueno, se unen y se forma lo “melancólico-depresivo”. ¿Por qué? Porque más allá de las diferencias entre ambas enfermedades, tanto los melancólicos como los deprimidos nos dicen: “La sociedad de ustedes es ridícula. Sus actividades, sus palabras, son estúpidas, horribles, no nos interesan en lo más mínimo. Estamos en otra parte, no estamos, no somos, estamos muertos, nos fuimos a vivir a otra comarca, chau, boludos”. Nos hacen pito catalán, ¿entendés? Deprimiéndose, nos desafían, nos confrontan, nos impugnan. Y el lenguaje, el uso peculiar que el enfermo hace del lenguaje. El discurso enfermizo puede ser monótono o agitado, pero aquel que lo sostiene, aquel que lo articula, da siempre la impresión de no creer en él, de no habitarlo, de mantenerse fuera del lenguaje, dentro de la cripta secreta de su dolor sin palabras. Todo el problema está allí, porque si el enfermo se desprende del lenguaje, si considera el lenguaje como banal o falso, ¿cómo podremos entrar en contacto con su dolor a través del lenguaje? ¿Eh? La melancolía es una perversión innombrable, blanca, muda. Múltiples implicancias se derivan de esto. Vivimos dentro de un tejido social rasgado, un tejido que no puede ofrecer ningún socorro al enfermo, ninguna ayuda. Por otra parte, el llamado “pesimismo freudiano” nos permite cambiar nuestra propia concepción de la identidad psíquica tal como este mundo trastornado, caótico, violento y criminal nos la presenta cotidianamente. Attenti a esto. ¿Y si el “deseo” no fuera más que un embuste, una ficción que inevitablemente tiende a malograrse en su intento de flotar en un océano de muerte? El melancólico que rehúsa la vida porque ha perdido el “sentido de la vida” nos obliga a cuestionar la comedia social cotidiana. Por eso el melancólico es tan necesario. Nos ayuda a ver. Porque no vemos nada, un pomo.
–Ya lo creo. Te llevo para otro lado. Las mujeres, nosotras, ¿nos deprimimos más que los hombres, o ellos se deprimen más?
–Es algo que todavía no está claro, no hay muchos estudios al respecto. Una parte importante de mi libro está consagrada a la depresión de las mujeres. Y acá la culpa la tiene la madre, la madre deprimida, la madre víctima, la madre adicta a los fármacos, al whisky a las diez de la mañana. La irrupción de la melancolía, no sólo en las mujeres sino también en los hombres, está relacionada con el hecho de identificarse con la idea de la mujer deprimida por excelencia: la madre. ¡Idea intolerable! Por otro lado, hay una hipótesis muy graciosa que dice que “el gen de la depresión” se transmite por el cromosoma x, el femenino. Es algo que se está estudiando con los microscopios.
–Y de las grageas antidepresivas, ¿qué pensás?
–No estoy en contra, para nada. No soy enemiga de la medicación. A veces la única manera de parar a un loco depresivo es con medicamentos. Los progresos en el dominio de los antidepresivos nos permiten actuar ahora sobre los neurotransmisores cerebrales, sobre la comunicación entre axones y dendritas, sobre los flujos eléctricos y químicos que recorren el cerebro de un lado para otro, de acá para allá. Aunque es cierto que los antidepresivos o las sales de litio, si bien recomponen esos flujos eléctricos y químicos, al mismo tiempo hacen que el discurso del enfermo parezca “robotizado” por la falta de articulación y por la imposibilidad de conjugar los verbos: “hambre tener”, “triste estar”, “dormir querer”, etc. Eso es muy triste, pero bueno, a veces no queda otra.
–Entonces, según vos, la melancolía siempre se juega alrededor de la cuestión de las relaciones del sujeto con sus amigos, con sus familiares, con sus compañeros.
–Más o menos. El primer melancólico griego, Bellérophon, aparece en la Ilíada: desesperado, abandonado por los dioses, se consume de tristeza y no cesa de vagar evitando a los hombres a toda costa, como si fueran a contagiarlo. Hipócrates relaciona la melancolía con la bilis. Para él, un cuerpo bilioso es un cuerpo amargado. El texto más importante de la antigüedad griega acerca de la melancolía es del pseudo-Aristóteles. “Estado límite de la naturaleza humana”, dice. Eso es la melancolía para él. El melancólico vendría a ser, entonces, el hombre de genio. Esto les fascina a los filósofos, por supuesto. ¡Los pensadores se hacen los melancólicos porque la melancolía es garantía de genialidad! Y así salen en las fotos: con cara de melancólicos, de deprimidos, de “genio pensando”. ¿Alguna vez viste a un genio feliz?
–Pero a continuación todo se modifica.
–¿Qué?
–Digo que a continuación todo cambia.
–¿Qué cosa?
–El pensamiento. Después los pensadores van a decir otras cosas. La melancolía va a tener otros abordajes, va a sufrir otro tipo de operaciones conceptuales y qué sé yo.
–Pero mucho después, nena, mucho después. Al principio todo se mueve insensiblemente, imperceptiblemente, a paso de tortuga. Muy de a poquito. Recién el neoplatonismo va a establecer un lazo entre la melancolía y el cosmos: Saturno, planeta de la depresión. ¡Dios te libre y te guarde de caer bajo el signo de ese planeta maldito! Pensá en La Melancolía de Durero, que es de 1514. Con el cristianismo, la melancolía pasa a ser un pecado mortal; pero al mismo tiempo, en las experiencias místicas, la melancolía pasará a ser, paradójicamente, la vía de acceso a Dios. El monje deprimido que habla con Dios y con los santos, que ve luces, incandescencias, estrellitas, triángulos, etc., etc.
–¿Eso pasa en la Edad Media?
–Sí, en la Edad Media. También está el esoterismo, una cuestión que abordo indirectamente a través de mi interpretación del soneto de Nerval, “El Desdichado”. Las cartas del Tarot, la figura del Príncipe Negro de la melancolía… ¿Qué son esas metáforas de la disolución, de la desagregación de la materia, de la descomposición del cuerpo, de la psiquis, de los lazos sociales?
–No sé.
–Pensá un poco.
–Ni idea.
–¡Metáforas de la melancolía, nena! ¿No lo ves?
–Bueno, ahora que me lo decís, lo veo claramente. ¿Y cómo sigue?
–¿Qué cosa?
–La melancolía, la historia de la melancolía.
–Bueno. En Europa, en los siglos quince y dieciséis, aparece recortada en los poemas la figura de la Dama de la Melancolía, esa señora que siempre está viendo el lado triste de la vida. Contraria, esta dama, al hombre del Renacimiento como personaje exuberante y jovial, dicharachero, jodón, lanzado al porvenir con cara de boludo. Pero ojo, eh: no digo que esta imagen sea falsa, no, nada que ver. Simplemente digo que no anda sola por el Renacimiento, que coexiste con la adquisición de una enfermedad, definida trágicamente como el rasgo fundamental de la humanidad toda, visibilísima, a mi juicio, en el pintor Hans Holbein el Joven. Así las cosas, a pesar del influjo de la Dama, ni el Renacimiento francés ni los siglos diecisiete y dieciocho en Francia son melancólicos. Francia no es alcanzada por el mal de Europa. La cultura francesa siempre ha recubierto la melancolía con erotismo y retórica. Pensá en Sade, pensá en Bossuet.
–Muy interesante. Sin embargo, tenemos en Francia a Marguerite Duras, una melancólica empedernida.
–Sí, pero el individuo no es la cultura, nunca te olvides. Hay que reconocer, sin embargo, que en la literatura de Marguerite encontramos numerosos personajes melancólicos. En toda su obra hay como un llamado a la enfermedad, una fascinación algo complaciente con la disolución y los abismos. Una escritura laxamente negligente y al mismo tiempo cargada de concentración. Textos a la vez cautivantes y soporíferos. Cuando leemos a Marguerite con mis estudiantes mujeres, ¿sabés cómo reaccionan? Con temor. Toman conciencia de su propia fragilidad. La verdad de Duras las trastorna. Hoy no es el sexo lo que perturba o produce temor, sino el tiempo. El cadáver que ya somos. ¿Quién quiere mirar a ese cadáver a los ojos?